Samstag, Oktober 15, 2005

DIARIO DE KLAIREBEAUX: Dating

Tras el capítulo de La Amenazante Naturaleza, hoy el clima se encontraba más calmado, pero aún fresco. Asistí hoy a mis clases de Deutsch allá en Klairebeaux, y conviví con mis compañeros y amigos sabatinos. Ya al terminar mis labores en el Sprachenzentrum, mi maestro Hènnard me recogió como habíamos acordado para luego recoger a la niña de Adgrielle de Le Laguère-Dorf para ya así me dejasen en Il Zièdew, donde buscaría yo a esta chica y ellos me esperarían en el gran mercado azul, gris y blanco.

Entré a la Institución, y me dirigí al clásico pasillo donde un conjunto de personas congregadas se divierten entre reyes y peones, alfiles y caballeros. Saludé al maestro Dabven, mi antiguo asesor de Ekimasce. Le pregunté que cómo estaba y me respondió que bien. Le comenté que no había venido mi amigo Javer, a lo cual con una pequeña risa me constestó que llevaba días sin venir.

¡Qué cosas con mi amigo Java!
Jaja.

Luego me dirigí por ahí a los pasillos de la planta de arriba. Esperé por un tiempo, y me encontraba leyendo unos resúmenes de mis acontecimientos más recientes de mi vida tan hermosa, por supuesto, gracias a esta mujer.

Repasaba las líneas de mis sentimientos como si fuese yo a recitarle los versos de una linda poesía a mi dama.

Me dí tiempo para asistir al rústico tocador de los baños del edificio, y me estaba preparando físicamente, más bien, en mi presentación, para esta chica. Luego arribó un pequeño a los baños. Terminando sus labores ahí, se lavó las manos. Le pregunté cuáles eran sus actividades aquí los sábados, y me dijo que él estudiaba aquí inglés. Le pregunté su nivel, y por puro interés de curiosidad, quién era su maestra o maestro. ¡Fue toda una sorpresa para mí al saber que su maestra era ni más ni menos que la chica a quien yo estaba esperando!

El niño se alejaba hacia la puerta y le pregunté cómo le iba, a lo cual me respondió que bien. Fue grato el encontrarme con un alumno de la chica con quien tendría hoy una cita.

Salí luego yo también de este pequeño aposento y me coloqué de nuevo sobre el barandal de las escaleras tan propias de la institución.

Tocó el timbre tan alarmante como doscientas campanas resonando un domingo al medio día en la plaza de un pequeño pueblo, y los jóvenes y niños estudiantes de ahí empezaron a salir de sus salones. Maestros y alumnos andaban todos por los pasillos, y yo me encontraba con más ansias de ver a esta chica.

Por fín la diviso a través de un vidrio que se encontraba a varios pasos frente a mí. Creo que ella pudo haberme divisado también, y noté que bajó un poco la mirada. Después de esto, las columnas nos impidieron esas intersecciones entre nuestros ojos, pero yo al alcanzar de nuevo a ese barandal donde me hallaba minutos antes, ella salía de nuevo a la vista mía, y me logró ver de nuevo.

Nos saludamos y le pregunté que si se dirigía hacia la planta baja, cuya respuesta era obvia al ver que sus pies ya estaban en los primeros escalones de las escaleras tan rectangulares y cuadradas de Il Zièdew. Me respondió, de todos modos, que sí y entonces nos citamos allá abajo.

Ya al llegar a las puertas de Dirección, ella entró a la pequeña cita para entregar su material didáctico y después de haber firmado su término de labor, salimos juntos ya hacia la entrada principal del edificio.

Después de haberla saludado de nuevo, le pregunté cómo le fue. Así comenzó esta conversación tan bella. Después le pregunté que si todavía traía ganas de salir hoy por la tarde, a lo que me respondió que para ella estaría bien, sólo que tendría que checar con sus padres, especialemente con su padre, sobre este asunto.

Siguió este intercambio de palabras y opiniones. Le pedí su teléfono el cual contenía una cifra que realmente amo. Por último, arribaron por ella y nos despedimos, por el momento, ya que hablaríamos más al rato para ver sobre nuestra cita de hoy.

Al irse ella, no me quedó mas que buscar a mi amigo Haargues. Lo encontré arriba, y le pedí su teléfono también para más tarde hablarle también.

De cualquier modo él también ya se retiraba y aprovechamos para salir ambos del área y encaminarnos hacia aquel mercado gigantesco de colores azul, gris y blanco (por lo menos así son los colores del logotipo).

Nos fuimos platicando de cosas, y finalmente llegamos al sitio donde el maestro von Klairebeaux y la pequeña Adgrielle se encontraban. Nos despedimos respetuosamente como amigos, y cada quien tomó su rumbo, como siempre sucede.


Hoy no paré de esperar a llamar a esta dama en la tarde.